EL INFORTUNIO DEL PROFETA

 

Manuel TALENS

2001

 

El escritor argelino Tahar Djaout fue asesinado por fundamentalistas de su país en 1992. Este libro póstumo, Le Dernier Été de la raison, fue encontrado entre sus papeles, todavía sin pulir, y es por lo tanto una recomposición de su editor francés, Seuil, que ha ordenado todos los elementos y le ha puesto título. ¿Qué se puede decir de él?

Se trata de un texto narrado en tercera persona de un presente de indicativo absoluto. La acción se va desarrollando conforme avanza la narración. La voz narradora, de una omnisciencia no divina, permanece muy pegada al protagonista, de tal manera que es casi un alter ego de voz narradora en primera persona. Leído desde el presente con la distancia del tiempo –en el año 2001–, cuando todos conocemos el marasmo en que el fundamentalismo islámico por un lado y el gobierno del FLN que surgió de la guerra de la independencia por el otro han sumido a la tierra de Argelia, lo menos que se puede decir es que Djaout fue un profeta que supo adelantarse y predecir el futuro, además de pagar con la vida su osadía, pues los hechos que hoy conmueven el mundo en Afganistán –el país que mejor se adapta a su profecía, mucho más que la propia Argelia– le han dado la razón.

En efecto, asistimos en su libro a un régimen islámico que parece calcado punto por punto del de los talibanes, con un jefe supremo que confiesa no haber leído más que el Corán, que no jura más que por Mahoma y que persigue todo lo que no se adapte al Libro sagrado. Conforme va descendiendo la escala social, los denominados Hermanos Vigilantes son un alter ego de las milicias talibanes, que controlan usos, costumbres y desviaciones con mano de hierro. Las mujeres van tapadas por completo, los hombres –barbudos– visten “al modo afgano” (¡increíble capacidad profética de Djaout!) y los niños, endoctrinados desde pequeños en los versículos coránicos por imanes despóticos, no tienen posibilidad de salvación espiritual desde el lado laico. Todo es aquí desolación, falta de futuro, páramo intelectual, una especie de Brave New World huxleyano, pero visto desde el lado musulmán.

El personaje principal, el librero Boualem Yekker –la elección de un oficio así no es casual ni inocente–, se enfrenta y resiste a dicho estado de cosas, lo cual no hace sino aumentar su ostracismo y su aislamiento, ya que toda su familia, su mujer y sus dos hijos, lo abandonan y sólo le queda el consuelo de la amistad con otro paria social, el antiguo músico Ali Elbouliga, al que ni siquiera le queda la posibilidad de tocar su mandolina, ya que la música ha sido prohibida en el país.

Una vez establecido este escenario, el libro transcurre desvelando la línea descendente de la existencia del librero, que se ve sometido a vejaciones, pedradas, llamadas anónimas y amenazas de muerte, y todo termina con un tono desesperanzado y angustioso, con la pregunta ¿volverá algún día la primavera?

Se trata, sin duda alguna, de un libro muy valiente, que postula la libertad de la razón frente a las sandeces de la religión. Es, además, un alegato a favor de los libros y de la literatura universal como alimento espiritual –los grandes autores de todas las culturas son ensalzados por el librero como ejemplo a seguir– frente a la intransigencia. Pero el librero, lúcido como pocos, sabe que esos mismos libros son también el origen de su perdición bajo un régimen como el que sufre su país:

Il sait que les livres constituent ses fenêtres sur le monde, mais il a aussi conscience qu’il est leur prisonnier. (pág. 66)

De hecho, al final, el gobierno lo separa de los libros y cierra su librería, algo que Boualem siente como un golpe mortal.

Se trata, en segundo lugar, de un libro sobre la capacidad de soñar y sobre memoria necesaria como armas frente a la barbarie:

Ces moments de rêverie sont autant de mirages rafraîchisants qui adoucissent l’implacable sécheresse du monde. La vie a cessé de se conjuguer au présent. Boualem fait partie de ces personnes atteintes d’une nouvelle maladie: un surdeveloppement de la mémoire. (pág. 15)

El estilo de Tahar Djaout es muy hermoso, fluido, lleno de imágenes bellísimas. Cuando quiere dar la impresión de universo sin salida, dice, por ejemplo, les jours du rêve sont comptés y, para describir el ambiente pesado que lo envuelve todo, no duda en echar mano de la atmósfera, con adjetivos sorprendentes: la pluie est vite passée, même si le ciel conserve une couleur bilieuse.

Hasta aquí no he dicho ni una sola vez que este texto sea una “novela”, y es que creo que su ficcionalización es algo forzada. Quizá se deba, como he dicho antes, a que el tiempo ha cumplido la profecía de Tahar Djaout, y no hay peor destino para un amor, para una profecía o para un anhelo que su cumplimiento. Lo que Tahar Djaout pretendió hacer en su libro era una tesis, un ensayo: la condena de cualquier régimen religioso y la glorificación de la libertad. Sin embargo, lo que ahora leemos, amañado por el editor, es una novela y eso desconcierta.

La voz narradora, que en un ensayo hubiera podido decir lo mismo sin que nadie se lo echase en cara, aquí juzga mucho, da opiniones, condena, fulmina, y eso es peligroso en un texto de ficción, ya que el lector inteligente, al que le gusta masticar, termina por cansarse de que le den todo en una papilla. Los personajes del librero y del músico parecen una excusa intercalada entre los múltiples ejemplos de arbitrariedad política y social que la voz narradora nos va librando en cada uno de los capítulos. Dicho de otro modo, no hay aquí creación de universo narrativo, se trata de una suerte de panfleto de altura, pero panfleto al fin. No me cabe duda de que si extrajésemos todas las alusiones a los personajes y dejásemos el texto bajo forma de ensayo, de un ensayo en el que Tahar Djaout procediese a la misma denuncia desde su propia voz personal, la fuerza de dicha denuncia sería mucho más poderosa.

Por eso, creo que el error fue convertir artificialmente en novela lo que era un grito de protesta. Por supuesto, dadas las vicisitudes de publicación, habría que ver cuáles eran los papeles que han manipulado en Seuil para ver a quién hay que echarle las culpas… y es que no hay cosa más traicionera que hacer decir a alguien lo que quizá no dijo… cuando ya no puede protestar.

Encima, como para complicar más las cosas, la televisión y la historia reciente nos ha ido desvelando poco a poco, bajo forma de reportajes, todas las canalladas que los talibanes/Hermanos Vigilantes infligen a su población, con lo que el posible lector de este libro se ve envuelto en un tufo de déjà vu, de cosa obvia y archisabida. Mal asunto para un texto que, con todo, es hermoso.